¿De qué sirve confesarme, si no me arrepiento?- Al Pacino
viernes, 1 de marzo de 2013
Por qué tan bella y tan perdida.
Me contó que el cielo allí era amarillo y que los ojos de la gente estaban hechos de cal. Me dijo que no existía la música en aquel lugar. Le pregunté: ¿Y cómo sobrevives? Ella respondió: Corrí hacia el negro mar, cogí una caracola y la escondí bajo la cama, se la llevaron las ratas blancas y me eché a llorar, no sabes cuán reconfortante fue que mis lágrimas supieran a sal. Desde entonces, voy toda las noches al puerto, cuando vuelvo la vista, gracias a la oscuridad ya no veo el humo que invade el pueblo, ni siquiera se perciben las chimeneas de las fábricas si no hay luna. Y soy un poco más feliz. Un día llegaste tú mientras yo paseaba por aquí, me tumbé en la arena y hundí mis manos en ella, tu brisa rozó mi pelo cuando pasaste detrás de mí. Te dirigías a uno de los barrios más ricos, me preguntaste la dirección, ¿no te acuerdas? Sonreí tontamente al indicártela y nuestras manos se chocaron cuando señalaba el lugar. Me miraste como nadie jamás lo había hecho y susurraste: Enséñame dónde vives tú. Y señalé el mar.
La miré entonces a sus ojos azabache preguntándome por qué tan bella y tan perdida.
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