Lorely era una muerta en
vida. Cuando yo la conocí, sus ojitos negros ya apenas brillaban. Parecía un
fantasma, blanca como la nieve, casi transparente. Lucía siempre vestidos
blancos o negros, como ella. Su cabello era azabache y largo, muy largo,
llegaba hasta la cintura. Lorely era frágil y enfermiza, se desmayaba con una
facilidad pasmosa, pero en su ser escondía una gran fuerza. Un día mientras
Lorely tocaba el piano, me senté a observarla. Su rostro era pura armonía, sus
pequeños y rosados labios le daban algo de vida, sus ojos permanecían inertes,
sus finos dedos que completaban una pequeñísima mano, se deslizaban entre las
teclas, apenas se los veía, se confundían con el marfil. También tuve ocasión
de ver a Lorely en la ventana una tormentosa tarde. Centraba los ojos en el
bosque ajena a la tormenta que se cernía sobre este. Entonces vi un hálito de
vida en la negrura de su iris. Incluso creí que había esperanza para aquel
etéreo ser en este mundo. Sus dieciséis años eran muy distintos a los de cualquier
mujer, Lorely siempre estaba leyendo,
tocando el piano, mirando por la ventana o mirándome a mí. Me miraba cada día
como si no me hubiera visto antes, un día se me acercó y susurró que no había
mayor belleza que la de mis labios, sonreí y la besé, fue nuestro primer beso,
Lorely nunca había besado antes y yo era primerizo en besar a la muerte. Cuando
sentí la inercia de sus labios creí que sería nuestro último beso, pero no fue
así. Los encuentros siguientes fueron en el bosque, a ella le encantaba aquel sombrío
lugar, siempre se tumbaba sobre las hojas de los árboles ya desnudos y miraba
al cielo, luego me miraba a mí, esbozaba una sonrisa y me hacía el hombre más
feliz de la tierra. Recuerdo que su poeta favorito era Baudelaire y hace años
que no puedo leer una poesía suya sin llorar por Lorely. El día que murió
estaba preciosa. Yo había pasado unas semanas en la capital y mi distancia
había hecho estragos en su frágil vitalidad. Cuando llegué apresurado por los
ruegos de su madre que decía que mi niña había enfermado y no se levantaba de
la cama, me la encontré con la mirada perdida. La cogí de la mano y sonrió,
dijo que quería que la hiciera inmortal en mis recuerdos, que jamás la
olvidara, que escribiera sobre ella, que compusiera sobre ella, que no llorara
su muerte o su pérdida, dijo que me amaba, dijo que se moría de amor y entonces
se desvaneció en mis brazos y nunca tuve consuelo. Contesté a sus finales
palabras con una sencilla frase: ‘Mi dulce Lorely, tú eras mi paraíso y allá
donde vayas lo harás un lugar donde ser feliz.’ Lloré su pérdida hasta la
deshidratación de mi alma. Y hoy me armé de valor para escribir sobre ella.
Firmemente creo que Lorely ahora es feliz, pero que yo no lo volveré a ser jamás
porque no la tengo a mi lado.
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