¿Adónde vas, pequeña? A un mundo infernal donde poder
consagrar tu cuerpo.
¿Por qué lo haces? Porque me ha convertido en su esclava. Me
ha atrapado entre sus brazos.
Ven conmigo y deja que tu calor se convierta en el mío.
Arrópame para que pueda desvanecerme entre tus sábanas.
¿En qué piensas, pequeña? En este lugar, testigo de todos
nuestros prohibidos encuentros. En este silencio, sugerido por besos robados,
por besos apasionados.
¿Y todo eso, lo externo? Todo eso desaparece, se hace
invisible a nuestras tentadoras miradas, a nuestros seductores cuerpos.
¿Y por qué te estremeces? Es agradable el tacto de tus manos
recorriendo mis caderas, recorriéndome entera. Mi piel se altera hasta llegar
al escalofrío, porque sabe que mi cuerpo ya no es mío, ahora ya tiene otro
dueño.
¿Por qué te gusta este olor a tierra mojada? Me gusta que
llueva cuando me abrazas, desaparezco bajo el inmenso manto de gotas, y tú me
encuentras. Me gusta que huela a frío, que nos envolvamos en la cama. Como
también me gusta esta olor que quedas en la habitación, tu aroma, el que dejas
en el viento, el que hace los recuerdo es mi ropa.
Pero, ¿esto es real? Cariño, esto es un sueño, un sueño
real. Donde el destino ya no juega conmigo, donde no dependo de él, dependo de
ti. Porque ya no soy suya, soy tuya.
Y despertó, y volvió a la realidad, volvió a llorar y a fumar. Volvió a mirar a solas
desde las ruinas de su vida por la añeja y derruida ventana. Y ya no aguantó, y
cayó, cayó en un rojo mar que iba inundando todo ese sufrimiento ahora ya
perdido y olvidado. Y lo hizo sin delicadeza, sin estremecerse, ni siquiera
aquél pedazo de cristal entre sus venas hizo que el dolor volviera y la
detuviera. Y si él ya no estaba con ella, ella ya no estaría.

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