Dejando de brillar
Humedeciéndome bajo la lluvia. Ves cómo en los charcos
aparecen una ondas continuadas, producidas por la gotas caídas de esa bóveda
celeste situada sobre nosotros, cómo tu ropa empieza a pesar, y tu pelo se baña
en agua. Más tarde no sientes nada, te acostumbras a esa sensación, y únicamente
te das cuenta de que lo que llevas puesto te hiela, cuando sientes el calor del
abrazo de esa persona, que rápidamente se aparta porque la humedad que acumulas
en tu cuerpo le molesta. Tu ropa rápidamente se adhiere a tu cuerpo, y sientes
el frío del agua que constantemente cae en la gélida estación de invierno, pero
que hasta ahora no pensabas que pudiera congelar tanto. Necesitas desprenderte
de las prendas que, por lo contrario, no quieren desprenderse de ti. Con un
trapo seco intentas quitarte los restos del transparente fluido que se ha
quedado en tu piel, pero te es difícil. Y ahora, solo ahora, corro hacia esa
persona, que está esperándome sentado en la silla del salón, contemplando el
paisaje que se ve desde la enorme cristalera. Sí, ya puedo sentir su calor, aún
mejor que antes, el calor de sus brazos arropándome, y la ternura de sus
labios, robándome así el poco sabor agua salada que me quedaba en ellos. Pero también sientes
como tu corazón bombea más fuerte, y cada vez más, y una extraña sensación en el estómago que te
produce placer.
A lo largo de la vida, puedes ver como creces; todo tu
cuerpo, junto con tu mente. Te desarrollas, maduras. Ves como las personas
cercanas a ti crecen a tu lado.
Me quedo quieta, observando, mi alrededor, cómo actúan las
personas que caminan por la acera, o cruzando por el paso de peatones saltado
de una franja blanca a otra, sus gestos, cómo se mueven sus labios y las
expresiones de sus caras, según en qué situación estén. Veo, ciclistas, pasan a
gran velocidad, únicamente concentrados en seguir hacia delante, madres
enfurecidas con sus hijos, gente con prisa, o simplemente dando un paseo,
solos, o acompañados. Personas que se desesperan, pueden enseñarnos en su
rostro, porque el semáforo les prohíbe pasar; el semáforo cambia, y seguidamente
los coches avanzan, ya no queda nadie.
Oigo, oigo aves, y me paro a escuchar, aun que no sé muy
bien dónde se encuentran, pasan vehículos constantemente por la carretera de al
lado, impidiéndome así, visualizarlas mejor, y se escuchan multitudes de
conversaciones, que se hacen públicas y que tu oído, sin querer, ha
descubierto. Puede oírse música,
procedente de algún que otro coche, y niños gritado, probablemente se diviertan,
sí, también se escuchan niños, niños que pisan charcos, que seguramente no
superen los diez años de edad, y junto
con ellos las riñas de sus madres. Escucho golpes, continuados golpes, que
suceden en distintos puntos, y que soy incapaz de ver dónde se sitúa cada uno
de ellos.
Inspiro, huele a frío, frío que deja que tu nariz se
congele y pierda un poco el sentido, pero aun así, puede oler a tierra mojada,
incluso puede percibir un poco de mi perfume que hace unas horas me eché, pero
que la lluvia ha difuminado. Pero no
solo el mío, cada persona que pasa huele
diferente, tiene su propio aroma. Oler, no huelo demasiado, pues mi nariz no
percibe más que un frío del que no puede desprenderse.
Mi gusto solo quiere percibir el sabor de su boca, porque
tiene un sabor, un sabor no común, que no tiene cualquiera, y que quiero
recordar, entonces le beso, ha fumado, e intenta disimularlo con un chicle de
menta, pero el sabor sigue ahí. Me gusta, no quiero desprenderme de ese sabor, así que le vuelvo a besar, sabe igual.
Una vez descubierto un sabor agradable, más bien rico, necesitas volver a
tenerlo en la boca. Cantidad de sabores pasan por ella, pero ninguno coincide,
y ninguno se asemeja al suyo.
Pero, ¿qué pasa?, pasa la vida. Creces, y tus sentidos se
debilitan, nada de eso que podías sentir, ver, oír, oler e incluso percibir en
tu boca, se apaga, y tú con ellos, y junto a ti, él.
Estás tumbada en la cama, y ves que está contigo. Quieres
mantener tu mano firme agarrando la suya, y tus ojos abiertos, pero tu cuerpo
dice lo contrario. Tu corazón se ralentiza, no sientes su mano, y ves borroso,
oyes, pero solo de fondo, y no te paras a pensar a qué huele, ni a qué sabor
tienes en tu boca, porque te estás consumiendo, porque ahora, ya estás muerto.
Cioccolato Nero (@fatimafva)