lunes, 25 de febrero de 2013

Humo. Parte primera.

Hola, pequeñas criaturas de la noche. Para todos los desarraigados que se puedan sentir indentificados y para los que no, ahí va mi historia, bueno, la mía no, la de mi protagonista. Espero que os guste.

Mis noches siempre tuvieron complejo de concierto de rock. La habitación hasta arriba de humo, las colillas por el suelo, el techo más cerca del cielo, y los solos de guitarra reventando el ordenador. Quizá siempre fue un deseo de romper las opresoras paredes a golpe de música. Las ventanas, los cristales y todo lo que me hiciera prisionero. Me gustaba mi enfermiza atmósfera. El techo lleno de humedades y las paredes agrietadas y descascarilladas por culpa de algún póster de Motörhead mal y bruscamente arrancado en algún revolcón. Aquel era mi santuario. Los pocos privilegiados que habían podido respirar su mierda lo decían, que estaba hecho para mí. Mi alma enferma y drogada solía hacerme desempolvar el bajo de vez en cuando y recordar el noble arte que Steve Harris llevaba desempeñando desde hace unos cuarenta años. Solo que yo sin mucha destreza. Dejé el grupo para centrarme en los estudios y ahí, hasta arriba de yerba, me planteaba si realmente había nacido para eso. Siempre imaginé mi vida como la de una verdadera estrella del rock. Viviendo rápido y rodeado de excesos y muriendo loco, joven y solo. Tal vez nadie hubiera vuelto a visitar mi tumba, pero siempre me habría quedado anclado en la memoria de los nostálgicos. ¿Hay algo mejor que eso? Fuera como fuese ya era tarde para lamentarse, ni el rock ni el heavy metal podían ya salvarme. Había vendido mi rebeldía para comprar droga hasta quedarme atado a la mediocridad. Tenía un taco de apuntes sobre el escritorio y los exámenes en una semana. Si al menos hubiera estado ella para ayudarme, pero ella ya no estaba. Empezaba a sumirme en una espiral de autocompasión bastante asesina.


Fdo: Chocolat Blanche. (@Lau12Primavera)

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