martes, 26 de febrero de 2013


Dejando de brillar


Humedeciéndome bajo la lluvia. Ves cómo en los charcos aparecen una ondas continuadas, producidas por la gotas caídas de esa bóveda celeste situada sobre nosotros, cómo tu ropa empieza a pesar, y tu pelo se baña en agua. Más tarde no sientes nada, te acostumbras a esa sensación, y únicamente te das cuenta de que lo que llevas puesto te hiela, cuando sientes el calor del abrazo de esa persona, que rápidamente se aparta porque la humedad que acumulas en tu cuerpo le molesta. Tu ropa rápidamente se adhiere a tu cuerpo, y sientes el frío del agua que constantemente cae en la gélida estación de invierno, pero que hasta ahora no pensabas que pudiera congelar tanto. Necesitas desprenderte de las prendas que, por lo contrario, no quieren desprenderse de ti. Con un trapo seco intentas quitarte los restos del transparente fluido que se ha quedado en tu piel, pero te es difícil. Y ahora, solo ahora, corro hacia esa persona, que está esperándome sentado en la silla del salón, contemplando el paisaje que se ve desde la enorme cristalera. Sí, ya puedo sentir su calor, aún mejor que antes, el calor de sus brazos arropándome, y la ternura de sus labios, robándome así el poco sabor agua salada  que me quedaba en ellos. Pero también sientes como tu corazón bombea más fuerte, y cada vez más, y  una extraña sensación en el estómago que te produce placer.
A lo largo de la vida, puedes ver como creces; todo tu cuerpo, junto con tu mente. Te desarrollas, maduras. Ves como las personas cercanas a ti crecen a tu lado.
Me quedo quieta, observando, mi alrededor, cómo actúan las personas que caminan por la acera, o cruzando por el paso de peatones saltado de una franja blanca a otra, sus gestos, cómo se mueven sus labios y las expresiones de sus caras, según en qué situación estén. Veo, ciclistas, pasan a gran velocidad, únicamente concentrados en seguir hacia delante, madres enfurecidas con sus hijos, gente con prisa, o simplemente dando un paseo, solos, o acompañados. Personas que se desesperan, pueden enseñarnos en su rostro, porque el semáforo les prohíbe pasar; el semáforo cambia, y seguidamente los coches avanzan, ya no queda nadie.
Oigo, oigo aves, y me paro a escuchar, aun que no sé muy bien dónde se encuentran, pasan vehículos constantemente por la carretera de al lado, impidiéndome así, visualizarlas mejor, y se escuchan multitudes de conversaciones, que se hacen públicas y que tu oído, sin querer, ha descubierto. Puede oírse  música, procedente de algún que otro coche, y niños gritado, probablemente se diviertan, sí, también se escuchan niños, niños que pisan charcos, que seguramente no superen los diez años de edad,  y junto con ellos las riñas de sus madres. Escucho golpes, continuados golpes, que suceden en distintos puntos, y que soy incapaz de ver dónde se sitúa cada uno de ellos.
Inspiro, huele a frío, frío que deja que tu nariz se congele y pierda un poco el sentido, pero aun así, puede oler a tierra mojada, incluso puede percibir un poco de mi perfume que hace unas horas me eché, pero que  la lluvia ha difuminado. Pero no solo el mío, cada persona que pasa  huele diferente, tiene su propio aroma. Oler, no huelo demasiado, pues mi nariz no percibe más que un frío del que no puede desprenderse.
Mi gusto solo quiere percibir el sabor de su boca, porque tiene un sabor, un sabor no común, que no tiene cualquiera, y que quiero recordar, entonces le beso, ha fumado, e intenta disimularlo con un chicle de menta, pero el sabor sigue ahí. Me gusta, no quiero desprenderme de ese  sabor, así que le vuelvo a besar, sabe igual. Una vez descubierto un sabor agradable, más bien rico, necesitas volver a tenerlo en la boca. Cantidad de sabores pasan por ella, pero ninguno coincide, y ninguno se asemeja al suyo.
Pero, ¿qué pasa?, pasa la vida. Creces, y tus sentidos se debilitan, nada de eso que podías sentir, ver, oír, oler e incluso percibir en tu boca, se apaga, y tú con ellos, y junto a ti, él.
Estás tumbada en la cama, y ves que está contigo. Quieres mantener tu mano firme agarrando la suya, y tus ojos abiertos, pero tu cuerpo dice lo contrario. Tu corazón se ralentiza, no sientes su mano, y ves borroso, oyes, pero solo de fondo, y no te paras a pensar a qué huele, ni a qué sabor tienes en tu boca, porque te estás consumiendo, porque ahora, ya estás muerto.

Cioccolato Nero (@fatimafva)

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