martes, 1 de octubre de 2013

¡Y qué viva la rebeldía!

Nunca se me ha ocurrido la tremenda barbaridad de escribir para aquellos que no van a entenderme. No os confundáis, no lo digo por falta de inteligencia aunque tal vez sí por exceso de la misma. Es decir, para aquellas personas básicas, simples, comunes, cerradas, normales, aburridas y mediocres, para esas no va lo que yo digo, y no porque sean torpes, sino porque no son rebeldes. Y por rebelde no me refiero a alguien que no sigue las normas establecidas en un código, por ejemplo el de un instituto o similares, no. Rebeldes son los que se saltan las normas no escritas pero que en cambio, sí que existen, y sí que se siguen a rajatabla. Ese código que aún no está redactado pero que se palpa en el ambiente, la absurdez de una forma de vida en sociedad que aparentemente para hacerla más llevadera nos obliga a ser todos iguales, incluso siendo diferentes. Y cuanto más quieres huir de esto más tocas el extremo y más igual te vuelves al resto. Pequeños rebeldes, los que no sonríen cuando no tienen ganas a alguien que no les gusta, los que se visten como quieren que para eso está la ropa, los que cantan, los que escriben, los que inventan, los que reinventan el amor y lo prueban mil veces, los que destacan por locos, los que sueñan, para vosotros van mis letras. De un rebelde todos se saben el nombre, pero muy pocos la historia. ¡Y qué viva la rebeldía! ¡Y qué viva el amor! ¡Y qué vivan los sueños! Y que no muera ese espíritu que crece en nosotros, la semilla de un cambio, un cambio que circula despacio, que avanza muy lento, pero que se acerca. No quiero ser libre si volverán a atarme. No quiero ser fuerte si aprovecharán un descuido para hacerme caer. Yo solo quiero ser yo misma, aunque me equivoque la mitad de las veces y no sepa ni quién soy.

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